En la trastienda de mi lánguido rostro
se cobija la vergüenza y el desamparo,
la retórica del animal, dícese maestro.
Mi corazón y alma no admiten separo.
Largo tranco mundano, oídos censurados
boca floja y vanidad de idílio mongólico
fue el trazo de cuatro años ciertamente acompañados
más mi órbita eternizaba lo habitual y bucólico.
La trastienda ha acabado sin caretas
vergüenza ahora es no verme en el espejo
aun así huelo el pasado de tristes muletas
y la imagen me condena con trágico reflejo.
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