I
Piezas de ruido que nublan mis manos
Charcos de pérdida, tiemblan mis hermanos
por un regreso al suburbio de gruesa inquietud
cuando ya era un devoto de grácil plenitud.
Las mismas palabras a hojas de vicio
y las mismas sensaciones para un mismo juicio
La serpiente me rodea y mis brazos abiertos,
mis ojos delatan lo que ahora son desiertos.
Lo divino se deshace con mi aliento adverso
y lo iluminado se quiebra al soplo de mi verso
pues no logro evitar el luto de estos capítulos
de blanco y negro que baña aquellos títulos.
No es la pasión, pues esto de la desazón ha nacido
de un soldado por las balas de la certeza herido
y abre sus alas para un vuelo inmenso y profundo
volar del horror de un sueño que ya no es fecundo.
II
Soy el odio y prestenme su atención
pues no respondo por sus rostros ni su emoción.
Azotes y golpes al suelo para desentrañar
la encíclica que me obliga un perpetuo extrañar.
Soy tu odio y no te pretendo abandonar
el corazón late en tu mente para abominar.
Despojos de un recuerdo difícil de acabar
y obligan el letargo a mi moribundo caminar
Jalo la soga y derribo la evocación constante
respiro nuevo aire que no desvanece lo incesante
pues cada rincón y figura es un pensamiento común
que alojan en cada minuto y es cada reflejo aún.
Es mi odio del que me debo separar
y me absorbo en la tormenta que me dará lugar
en el espacio negro, en mi mundo habitual
respiraré el suelo, en cuatro paredes, resintiendo el mal.
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